viernes, 13 de noviembre de 2009

No se ha ido del todo


En estos días la Hermana Muerte, como la solía llamar San Francisco de Asís, ha visitado nuestra familia, y como siempre ella lo hace de forma sorpresiva e inesperada. Esta es la vida nuestra, vivir por un tiempo…para unos son años, para otros meses, para otros ni siquiera horas.
En esta oportunidad nuestra hermana la muerta nos visitó arrebatándonos para el cielo, sin oportunidad de despedidas, a nuestra querida Beatriz Fajardo de Acevedo (Madre de mi cuñado Abraham). Pero así es la vida humana. Hoy estamos aquí, pero…y mañana?
Vienen a mi mente aquellas palabras de Jesús cuando dijo: “Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le abriesen su casa. También Uds. estén preparados, porque en el momento que menos penséis, vendrá el Hijo del hombre” (Lucas 39, 40). Es lo que siempre decimos: ¡hay que estar preparados para la muerte!, pero resulta que es en nuestra muerte en lo menos que pensamos…y es la realidad más segura que tenemos.
El Señor le regaló a Beatriz años prolongados en los cuales ella pudo cumplir su misión en esta tierra. Por gracia de Dios pudo crecer en el seno de una familia en la que se formó y aprendió, junto a sus hermanos, los valores que dan firmeza nuestras vidas y aprendió que existe un Dios que con su tierno Amor nos cuida y nunca nos deja solos. En su juventud conoció al hombre con el que pasaría hasta el fin de sus días; de esta unión nacieron como fruto de ese amor de esposos unos hijos que dan prueba de que el amor conyugal es tan grande que puede hasta dar vida a nuevas personas. Así la familia creció y se multiplicó. Con el correr de los años la vida fue agregando nuevas personas a esta primera célula familiar. Así llegaron los sobrinos, primos, las yernas y los yernos, a su vez fueron apareciendo los nietas y nietos y hasta los bisnietos… y así, ya no se puede parar de contar todos los que estamos unidos a una familia (aunque yo no lleve ni el apellido Acevedo ni Fajardo).
Beatriz siempre, en la mayor parte de su vida se caracterizó por la alegría. Una alegría que entusiasmaba y contagiaba a todos. Al menos así lo viví yo. No podremos recordarla de otra manera que alegre e inventora de travesuras, buscando siempre la manera de andar “bochinchando” como decimos a veces.
Ahora quiero trasmitir estas palabras a todos los que estamos dentro de esta celular familiar y que junto con ella compartimos momentos de alegría, tristeza, malestares, viajes, vacaciones, en fin. No porque se nos fue Beatriz se nos va también todo lo que nos enseñó, sus recuerdos y sus palabras. No, nada de eso, al contrario es una oportunidad que el Señor nos regala para retomar algunas cosas de nuestra vida que debe marchar siempre hacia lo mejor, el Bien, la Felicidad, la Paz…. Todas estas cosas se resumen en un nombre: Dios.
Ciertamente, la muerte es el final de nuestra vida terrenal. Estamos medidos por el factor llamado tiempo, en el curso del cual crecemos, cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Esto nos debe llevar a pensar en nuestra mortalidad, que contamos no más que con un tiempo limitado en esta vida y que luego pasaremos a la vida inmortal. Unos para estar con Dios en el cielo y otros para estar apartados de Él (si esta fue la opción que tomamos en esta vida terrena o en este limitado tiempo que tenemos para decidir). Dicen las Sagradas Escrituras haciendo referencia a esta realidad de nuestra condición mortal: “Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, ... mientras no vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio” (Qo 12, 1. 7).
Con Cristo la muerte tiene un sentido positivo. "Para mí, la vida es Cristo y morir una ganancia" dice san Pablo en sus cartas a los Filipenses (1, 21). Y también en otra parte de sus escritos dirá: "Es cierta esta afirmación: si hemos muerto con él, también viviremos con él" (2 carta a Timoteo 2, 11).
El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que:
“La novedad esencial de la muerte cristiana está ahí: por el Bautismo, el cristiano está ya sacramentalmente "muerto con Cristo", para vivir una vida nueva; y si morimos en la gracia de Cristo, la muerte física consuma este "morir con Cristo" y perfecciona así nuestra incorporación a Él en su acto redentor: Para mí es mejor morir en (eis) Cristo Jesús que reinar de un extremo a otro de la tierra. Lo busco a El, que ha muerto por nosotros; lo quiero a El, que ha resucitado por nosotros. Mi parto se aproxima ...Dejadme recibir la luz pura; cuando yo llegue allí, seré un hombre (San Ignacio de Antioquía, Rom. 6, 1-2). (Catecismo de la Iglesia Católica nº. 1010).
Con la visita de la hermana muerte el Señor ha llamado a Beatriz hacia Él. Este era el deseo de muchos santos, así como San Pablo: "Deseo partir y estar con Cristo" (Flp 1, 23). La noche de este 11 de Noviembre este deseo ha sido consumado en ella. “Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir”, dijo una vez santa Teresa de Jesús. Beatriz ha dejado de estar con nosotros para estar CON DIOS y eso vale más que cualquier otra cosa. Allá no va necesitar de nada. Ahora solo lo que debemos darle son nuestras oraciones.
También decía santa Teresa del Niño Jesús “Yo no muero, entro en la vida”. Es decir, morir debe significar para nosotros los cristianos algo trágico, nada de esto. El morir es entrar en la verdadera vida, en la vida real, en la vida definitiva…en la VIDA CON DIOS.
“La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. Son estas palabras parte de lo que rezamos en la Misa por los difuntos. No morimos, nos vamos para estar con Dios. Y para estar definitivamente con Él hay que dejar este cuerpo mortal.
Nos cuesta comprender este misterio de la muerte, a mí el primero en no saber comprenderlo bien. Pero es que si lo comprendiéramos del todo, dejaría de ser misterio. Sin embargo, nuestra confianza debe estar puesta en Dios, y orar. Hoy se nos fue Beatriz, mañana puedo ser yo. Por esto, la Iglesia nos anima a prepararnos para la hora de nuestra muerte.
Existe un libro pequeñito, antiguo, pero con palabras y mensajes muy actuales. Se llama Imitación de Cristo, y lo venden en las librerías católicas. En una de sus páginas nos dice: “Habrías de ordenarte en toda cosa como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia no temerías mucho la muerte. Mejor sería huir de los pecados que de la muerte. Si hoy no estás apto, ¿cómo lo estarás mañana? (1, 23, 1).
Para mi que estuve compartiendo desde hace muchos años con Beatriz, me hace sentir más comprometido con la oración, primero en acción de gracias por los años en que compartimos y también por su eterno descanso. Y ahora cuanto más Uds. que son sus hijos, nietos, sobrinos…?

La noche en que se nos fue Beatriz, tuve la gracia de llegar minutos después de saber la noticia y delante de su cuerpo elevar la oración de entrega de su alma al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, los cuales estoy seguro ya la han recibido en el Reino de Luz Eterna, donde no hay ya muerte ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado (cfr. Apocalipsis 21, 4).

Yo sé que las palabras en momentos como este pudiesen hasta estorbar, pero la palabra que he querido trasmitir a mi otra familia Acevedo Fajardo, no es mi palabra sino la misma Palabra de Dios, la cual: “es viva… y eficaz, y más cortante que espada de doble filo. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las coyunturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (Heb 4, 12).

Beatriz, NO HAS DICHO adiós… nos ha dicho: ¡HASTA LUEGO!

Fray JM (OFM.Conv)

Loado seas, mi Señor, por los que perdonan por tu amor y sufren enfermedad y tribulación. Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo, coronados serán. Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal de la cual ningún hombre vivo puede escapar. ¡Ay de aquellos que morirán en pecado mortal! Bienaventurados los que encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal. Load y bendecid a mi Señor, y dadle gracias y servidle con gran humildad.
(San Francisco de Asís)

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