viernes, 16 de noviembre de 2007

"...el Señor me dio hermanos"
Aquí estamos los que hoy por hoy somos el Seminario Misionero Franciscano de la Custodia Provincial Nuestra Señora de Coromoto,
de los Frailes Menores Conventuales de Venezuela


El segundo sábado del mes de Octubre, los hermanos profesos tuvimos nuestro acostumbrado retiro mensual. En esta ocaciçon fue el Carmelo de los Padres Carmelitas descalsos, via casa el padre.
Ser misioneros es ser llamados por Cristo, estar con Él y ser enviados a predicar.


Al inicio del Evangelio de San Marcos, cuando relata la vocación de los primeros discípulos, el evangelista nos presenta una realidad, que tal vez, las veces que hemos leído el relato, no percatamos el sentido profundo de lo que ello significa. Y es precisamente aquel pasaje sobre Jesús que dice: «Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar…» (Mc 3, 13). En este corto versículo hayamos tres realidades de suma importancia para nuestra vida de bautizados, nuestra vida como misioneros, continuadores de la obra redentora de Cristo, el enviado del Padre. En efecto, estas tres realidades son: el hecho de ser llamados, para estar con Él y posteriormente ser enviados.
La llamada que el Señor nos hace es un don gratuito de su infinito amor. Ciertamente no somos dignos de tan especial gracia de Dios, simplemente llamó a los que él quiso. Porque nos ama y acepta tal y cuál somos. Nos ha llamado a colaborar en su designio de salvación, y tiernamente hemos escuchado su voz que nos dice: Ven y sígueme (Lc 18, 22). Pero, podemos decir, ¿por qué a mi? ¿Por qué precisamente yo he de seguirlo si ya tengo mis planes? Entonces seguramente vendrá a nosotros aquella Palabra del Señor que nos dice: « Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos » (Is. 55, 8). Este llamado que el Señor nos hace también forma parte del gran misterio de nuestra vida. Ojalá y a esta llamada sólo digamos como el joven Samuel dijo al Señor: « ¡Habla, que tu siervo escucha! » o como María al recibir el anuncio del ángel: « He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra ». Estos fueron dos encuentros valientes y arriesgados de dos voluntades que respondieron decididamente a la voluntad de Dios.
Nuestra vocación de ser misioneros parte, ciertamente, desde nuestro bautismo, pero aún más debe nacer del encuentro íntimo y profundo de estar con Jesús. Fue a esto primeramente, dice el evangelista Marcos, que Jesús llamó a los doce, para que estuvieran con él. Si nosotros no hacemos experiencia de Cristo, de escucharle a través de su Palabra, de sentirle dentro de nosotros, de sentirnos verdaderamente amados por Él, de ver su rostro reflejado en la cara de todos aquellos que están esperando de algún modo que Dios toque sus vidas y las trasforme, si no es así ¿a qué Cristo vamos a trasmitir?
Aquí vienen como anillo al dedo las palabras de la encíclica Redemptoris missio, cuando dice:


« Nota esencial de la espiritualidad misionera es la comunión íntima con Cristo: no se puede comprender y vivir la misión si no es con referencia a Cristo, en cuanto enviado a evangelizar » (n° 88).




De esta experiencia de encontrarnos con Jesús y de estar con Él, es que podemos dar el siguiente paso: ser enviados. « Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19). Y entonces nos encontramos con este mandato del envío, el mandato por el cual se va guiar nuestro modo de ser evangelizadores: haciendo discípulos del Señor a todas las gentes, y enseñándoles a vivir y guardar el mensaje de todo cuanto el Señor nos ha enseñado con su propia vida. Enviados por el mismísimo Señor, con un mandato que no conoce fronteras, ni razas, ni culturas, simplemente ha dicho: Id… a todas las gentes. Y en otra parte encontraremos que dice: Id por todo el mundo… a toda la creación (Mc 16, 15-16); seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8). Esto comporta la universalidad del envío.

El Señor no hace otra cosa con nosotros sino, enviarnos como su Padre lo ha enviado a él. Jesús les dijo otra vez: « La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío » Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: « Recibid el Espíritu Santo… » (Jn 20, 21-22). Somos, por tanto, continuadores de la misión de Jesús. Y en esta misión no estamos solos, estamos con el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial, nos dirá Juan Pablo II, de feliz memoria, en el número 21 de la ya citada carta encíclica, Redemptoris missio. El mismo Jesús tampoco nos deja solos, Él siempre nos acompaña. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). El Santo Padre Benedicto XVI, en su mensaje para la 81ª Jornada Mundial de las Misiones 2007, nos ha recordado que: “En la gran obra de la evangelización nos sustenta y acompaña la certeza de que Él, el dueño de la mies, está con nosotros y guía sin descanso a su pueblo. Cristo es la fuente inagotable de la misión de la Iglesia”. Por tanto, no hay motivos de tener miedo, el Señor está con nosotros.

Así pues, Ser llamados, estar con Él y ser enviados, son los tres momentos fundamentales en la vida de todo bautizado que desea ardientemente comprometerse con el Señor para llevar su mensaje de salvación a todas las gentes.

Sé discípulo y misionero, el Señor está y confía en ti!
¡Paz y Bien!

Fray Pedro Javier Mora Alviarez (OFM.Conv)
Franciscano

PD: Este texto lo escribì en el mes de Septiembre, y es una de aquellas cosas que de vez en cuando me gusta escribir en mis ratos libres.

(Las fotos corresponden a la pastoral vocacional realizada en el pueblo de Papelón -ubicado a unos 35kms de la Ciudad de Guanare, Edo. Portuguesa- entre los dia 5 al 11 de Noviembre, 2007)